Trastornos del sueño

 

Cuento finalista elegido para la antología “El Brasil de los sueños/ homenaje a Rubem” Fonseca en 2010.

 

Después de notar que yo estaba simultáneamente feliz y lúcido, una conjunción no sólo rara sino imposible, ella también quiso sentir lo mismo.

     Preparé una taza café y se la serví junto con un bombón de chocolate, con intención de mejorar su ánimo mientras que yo iba por las compras. Una vez en el supermercado, puse en el carrito su encargo: una crema para el contorno de ojos, y para mí, un champú prevención caída, lo que quizá de algún modo representaba ese deseo humano tan natural de preservar su propia estética con la mayor dignidad. Cuando pasaba por la sección de ropa de cama vi a lo lejos algo que me llamó la atención, tanto, que dejé el carrito abandonado. Se trataba de un largo almohadón de plumas, me pareció que eran dos almohadas unidas, con un poco más de longitud y volumen. ¡Qué bueno sería tener sólo un almohadón! me dije, pero al pretender dejarlo en su lugar resultó imposible, pues una briosa energía no me admitió soltarlo, así las cosas, lo dejé en el carrito de compras y lo pagué con lo demás.

    Al verlo en casa, Teresa hizo su habitual mueca de desaprobación, mientras yo me encargaba, movido por un raro entusiasmo, de arrojar a la basura las viejas almohadas y colocar en su lugar, la nueva adquisición.

    Teresa se puso su camisón de seda blanco y dos goticas de crema alrededor de los ojos, me besó y se quedó dormida. Yo por mi parte, leí un rato para luego agarrarme a su cintura. Era raro que soñáramos y aún más, que nos contáramos algún sueño.

   Cuando desperté en la mañana, el ofuscamiento me procuraba un mal sabor de boca y no me permitía pensar con claridad. Al llegar a la cocina, no pude besarla, ni abrazarla. Me ofreció café, pero negué con la cabeza.

    —Anoche soñé que hablaba por teléfono con tu mamá y ella no hacía más que insultarme—dijo Teresa antes de tomar el primer sorbo de café.

    — ¿Cómo querías que no te insultara, si en mi sueño, estabas en el supermercado besando al tipo ese, igualito a Ronaldo, el futbolista? —respondí gruñendo.

    Teresa tuvo que taparse la boca inmediatamente con la mano para que aquel estallido de risa no le hiciera escupir el café. No me hizo gracia.

     Esa misma noche, Teresa se puso su pijama de seda rosa y dos goticas de crema alrededor de sus ojos, me besó con una risita malvada y se quedó dormida. Yo por mi parte, leí un rato y me entregué al sueño:

   Con un traje rojo, atiborrado de plumas de pavo real, Teresa lloraba cuatro lágrimas en una funeraria cuyas paredes pintadas de violeta y amarillo adquirían un toque lúgubre y a la vez innovador, ella se asomaba al ataúd y el muerto no era otro que yo. La gente se agolpaba para ver mi cadáver, mientras yo tenía plena consciencia de todo lo que ocurría en aquella sala de velación. Entre los dolientes se encontraba Ronaldo, que incluso antes de ver mi cuerpo enterrado ya le agarraba la cintura a mi mujer y le prestaba su pañuelo apestoso a loción de tres mil dólares.

    Desperté de aquella pesadilla y repasé por un buen rato cada hecho, lo que me provocó aún más ira y dolor. Al entrar al baño la encontré cepillándose los dientes y con una expresión indefinible, entre remordimiento y picardía. Yo, que nunca había revisado sus cajones, lo hice por primera vez y encontré un recorte de revista del futbolista vestido de Armani. No me atreví a decirle nada aquella vez. Preferí callarme y esperar el siguiente sueño. Antes de entrar a la cama, revisé el almohadón, pero no encontré nada sospechoso, sólo plumas y más plumas.

    Teresa se fue a la cama con un nuevo camisón de seda, esta vez azul celeste, y obvió sus dos goticas de crema, se peinó por un buen rato, me besó en la frente y se quedó dormida. Yo di vueltas antes de conciliar la pesadilla:

    En una catedral de chocolate, el padre Amado celebraba la misa por el año de mi fallecimiento. Teresa, vestida de Chanel soltaba dos lagrimitas, mientras tomaba la mano de su nuevo esposo, archimillonario futbolista. Al salir, partían en su limosina hacia nuestro apartamento en chapinero alto. Yo, convertido en fantasma, los seguía a donde quiera que iban. Veía cómo mi mujer le preparaba sopa de camarones para la cena, luego cómo la devoraban y se reían como dementes, y más tarde… cómo se iban juntos a la cama. Pensé en presentarme ante ella como el fantasma en que me había convertido, ¡y lo hice!

   —Teresa ¿cómo pudiste hacerme esto? Ya sé que se me está cayendo el pelo a manotadas, pero eso no es un motivo para dejarme.

   —Perdóname, mi amor. No me vas a creer, pero los amo a los dos, ¿entiendes?

  — ¿Y entonces qué propones, Teresa, que vivamos los tres?

   —Sí, quédate con nosotros. Hazme dichosa tú también—me respondía Teresa, a quien ya acariciaba y besaba con toda mi pasión, mientras pensaba de cuántas corridas y partidos disfrutaría yo de ahí en adelante.

    Cuando desperté, Teresa todavía gemía de placer en sus sueños. Pensé en tomar el almohadón (algún poder venía incluido con él, seguro) y ponerlo sobre su cabeza. Sentí su perfume y el olor de su pelo a lima fresca. No concebía la idea de compartir mi mujer ni en sueños. Doblé mi parte del almohadón y cuando estaba a punto de presionarlo sobre su cabeza, despertó y noté sus ojos, vivos, brillantes y entonces no tuve opción: corrí a la cocina, le preparé una taza café y se lo serví junto con un bombón de chocolate.

    Antes de salir para mi oficina, busqué una de mis mejores fotos, y sin que ella me viera, abrí su cajón y allí, bajo su ropa íntima, la puse junto a la de Ronaldo, lo que quizá de algún modo representaba ese deseo humano tan natural de preservar el amor sin que la vanidad propia tome en ello la menor parte.

 

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