Menú secreto

Menú secreto de Jeremy

 

Cuento elegido para la antología

“Carolina ya no aguanta más y otros cuentos” Premios de Literatura Universidad Central 2007.

 

Jeremy es un restaurante donde la gente prueba el cielo o el infierno. Todos creen conocerlo por completo, porque existen varias puertas que en apariencia no van a ninguna parte; sin embargo todas ellas conducen a lo mejor del restaurante.

Una lombriz se retuerce encima de la barra; yo mismo la he traído para matarla entre un trago de tequila. Helena, una de las meseras, me mira con esa expresión de mujer asquienta, esa que muchas han aprendido desde pequeñas y que no se deciden a cambiar o exterminar. Mientras Helena sube la escalera, entra un vendedor de afiches y postales. Le permito sentarse en “la gran sala de bienvenida”, como la llamo desde que abrí. El tipo extiende su gran carpeta con toda la propiedad de que es capaz y al abrirla veo los bordes gastados del primer afiche, lo descubre totalmente y veo el rostro de Frida Kahlo.

—Los ingredientes que usan aquí son muy buenos —comenta el hombre mientras observo las cejas tupidas de la mexicana.

Hago como que no escucho y le digo que gracias, que mejor vuelva otro día. No me gustan los comentarios fáciles de gente que no conozco bien, menos sobre mi restaurante. Le cierro la puerta con afán y me siento en la salita. Le pido un tequila a Helena y ella corre a servírmelo. Pienso en que ese pobre hombre anda con un cúmulo de arte bajo el brazo, pero a leguas se nota que cree que lo que vende es algo sin importancia.

—Necesito que me prepare otra vez el mismo plato —resuena esa voz de nuevo en mi cabeza. La saliva baja lenta, muy lentamente por mi garganta fatigada.

—Necesito que me prepare otra vez el mismo plato. Cuántas veces habría de escuchar esa misma retahíla. Ese retrato de Frida, La columna rota, me hizo evocar de inmediato a esa mujer que invadía el restaurante con su presencia…

 —¿Me oye? Volveré todos los días, hasta desesperarlo, pero necesito que lo haga de nuevo para mí.

El restaurante se llama Jeremy. Yo soy Jeremías, y este nombre se lo debo al carácter tozudo de mi madre. Desde el día en que abrí hace diez años, supe que sería el único del mundo con un menú secreto para clientes especiales muy amigos del dueño o muy amigos de los amigos del dueño. ¿Un menú secreto? Sólo para los que sepan guardar un gran secreto. Prohibido el acceso a menores de treinta años, desconocidos, medio conocidos, cardiacos, lenguaraces y mezquinos. Clientes perfectos: mayores de treinta, menores de setenta, mujeres discretas, fantasiosas, narradores apasionados y de buen apetito. El menú secreto se ofrecía los viernes y sábados desde las diez de la noche hasta la una de la mañana. Digo que se ofrecía porque el servicio fue suspendido temporalmente, sólo hasta que las cosas vuelvan a su curso normal.

Sólo un cliente por noche. Durante ocho años no tuve mayores problemas con el menú secreto hasta que apareció Isabel, la loca idólatra de Frida Kahlo, que me amenazó de muerte y con cerrar mi restaurante si no cedía a sus caprichos de fanática.

Antes de Isabel, nadie tuvo problemas con el menú secreto, nadie se enfadó, enfermó, alucinó o se quedó prendado de lo vivido en su noche de deleite.

La primera vez que alguien probó el menú secreto Jeremy fue maravillosa. El plato de aquella ocasión era “Codornices Edith Piaf con papitas francesas”. Carolina, amiga de toda la vida, admiradora ferviente de la voz de Francia, me pidió que la recibiera en el restaurante a eso de las ocho para beber té y prepararse para la ansiada cena secreta en los salones recónditos de mi restaurante. Nadie imagina que detrás de esas puertas antiguas, marcadas por el tiempo, hay otro lugar mejor, donde se come lo que se quiere y se vive de un modo delirante, con olores delicados y una atmósfera de verdadero éxtasis. Carolina me había visitado un par de veces, se sentaba con su cigarro y una cerveza en el segundo piso a ver revistas o a escribir un poco. Siempre ha admirado el estilo rústico y casero del lugar  La noche de la cena llegó sola, de modo que le di un nuevo recorrido por el restaurante y finalmente, en el segundo piso, abrí la puerta del fondo, contigua al baño de damas, y la hice pasar. Se sintió fascinada por ese clima paralelo y oculto. Al salir, su gesto parecía perturbado, su mirada perdida, las manos dormidas, según me dijo. Sólo una vez por persona, si son dos quizá sea demasiado, es mejor no arriesgarse, le dije. Ella, Carolina, tenía clarísimo que una sola vez significaba un inmediato deseo de repetir, y sugirió hacerlo por segunda y última vez, a lo que accedí. Me dio las gracias infinitas veces por esa oportunidad y me contó, apenas terminó de cenar, lo vivido en el salón del festín íntimo y solitario de una noche, en un ambiente de chimenea, mesa cuadrada pequeña, pósters con fotografías viejas de artistas, con piso de madera tan crujiente como las papas fritas, y con paredes descascaradas por puro gusto.

Al salir, se desplomó en un sillón.

“He visto un montón de cosas que no sabría explicar. He visto una gran casa con un piano y empleados con expresión amable, pisos limpísimos y una penumbra sólo alterada por los ventanales que revelan la enorme belleza del exterior. La he visto a ella, a Edith, en bata, gritando por toda la casa, despeinada, blanca, blanquísima, perturbada. He sentido la potencia de su voz negando con alaridos la muerte de su amado Marcel. He visto cómo caían sus lágrimas en los pisos brillantes. Ella me toma y me arrodilla a su lado pidiendo que le diga que nada ha sucedido. Y yo allí, junto a ella, sobre la cama, no pude hacer nada, sólo callar y masticar la codorniz que más bien debió ser gorrión. He visto sus ojos hinchados, las delgadas cejas casi perdidas en el óvalo de su cara marcada por el dolor y la locura”.

Después de ella vinieron muchos clientes –cada fin de semana dos nuevos– ansiosos de aquella experiencia profunda de emoción y fantasía. Algunos de los platos que preparé fueron: “Panecillos para Julio Cortázar con salsa del chef”, “Sopa de tomate Elizabeth Bathory”, “Huevos duros en láminas con salsa Salvador Dalí” “Break de Sherezade”. Entre tantos, el último platillo fue “Tortillas Frida Kahlo con ensalada fucsia”.

Fue entonces cuando vino Isabel. Asistió por primera vez acompañada de Carolina. Desde el comienzo me pareció una mujer rara, de mirada un tanto desquiciada.

La lombriz se contorsiona en el tequila. Llamo de nuevo a Helena para que vea el espectáculo. Me gusta tomarlo así, puro, con esa lombriz dentro. El olor a ajo me sigue invitando a recordar a tantos clientes –amigos agradecidos y convencidos de que aquí vivieron la mejor experiencia gastronómica de su vida–. No terminan de agradecer nunca y siempre miran hacia la puerta secreta, con los ojos ansiosos y con un recuerdo marcado en la mirada, en todo el cuerpo. Se saborean con sólo ver las grietas de la puerta.

—Jeremy, si quiero compañía para la cena, ¿podría? —se acerca curiosa Isabel, justo la noche anterior, en el momento de escoger el menú.

—Imposible, usted sola. Nadie más puede entrar allí. Nadie. Quiero que entienda eso —repliqué enfático porque a simple vista se notaba que era una niña caprichosa de treinta y pico.

Cuando apareció Isabel, llevaba un traje ridículo de colorines, seudomexicano, seudotípico, seudotehuano. Una trenza recogida con mucho esfuerzo y tirón, junto con las pequeñas flores que decoraban su cabeza y unos enormes labios rojos brillantes delataban su desquicio.

—Todo está listo, Isabel. Antes de la cena le ofrezco un “Margarita”, y como habíamos acordado, las “Tortillas Frida Kahlo” que le indiqué, con bastante chile y abundante carne —agregué antes de hacerla pasar al salón.

Ella sabía de antemano que una vez terminada la cena, debía contarme lo ocurrido, la mayor cantidad de detalles posible. Ésta era una de mis condiciones porque, de cualquier modo, yo era el artífice de esas vivencias. Con cada uno de mis clientes especiales siempre acordábamos sentarnos por lo menos una hora luego de la cena para intercambiar preguntas y comentarios.

            Preparé y serví yo mismo la comida, entre sorbos y más sorbos de mezcal, llamadas de mi esposa y órdenes a los ayudantes. La preparación es más bien simple: colocar una sartén grande con aceite, agregar la carne previamente cocida picada en trozos y mezclar con el hogao, el chile picadito, el cilantro, el maíz tierno y la sal. Cuando la mezcla está lista, hay que abrir las tortillas de maíz y rellenar. Cerrar las tortillas. Untar con un poco de queso y añadir el queso fresco rallado y el ají. Cerrar los tacos y calentar un poco más. Para la ensalada: mezclar la remolacha con el huevo duro y los tomates cortados en cubitos, mayonesa, vinagre y sal. Servir en un plato amplio. Colocar la tortilla en el centro y en la parte superior adornar con rosas hechas de piel de tomate y ramitas de cilantro. Servir la ensalada a un lado, o si lo prefiere alrededor del taco. No voy a revelar lo demás por obvias razones.

—Este plato tiene vida propia —comentó Isabel cuando lo puse sobre la pequeña mesa.

—Ésa es la idea. Buen provecho, vendré más tarde —respondí.

“He vivido un montón de cosas que no sabría cómo explicar. La he visto con el cuerpo vendado, se detuvo en la parada del bus que se dirigía al centro, caminó un poco por la Plaza del Zócalo y por las calles circundantes. Al caer la tarde, la he seguido a hurtadillas hasta su casa. Aproveché un descuido de su hermana para empujar la puerta y entrar sin que nadie me viera, ingresé a su alcoba y la vi escribir una carta para Alejandro. Cuando se quedó dormida gimiendo de dolor, salí de la habitación”.

Isabel se despidió con el lápiz labial descolorido, y las flores que llevaba en la cabeza evidentemente incompletas; parecía muy fatigada, más que el resto de los clientes al salir de allí, pero no le di mucha importancia al hecho. El jueves siguiente regresó vestida de manera aún más extraña, un híbrido entre luto y festín.

—Necesito que me prepare otra vez el mismo plato… Y quisiera que fuera mañana —insistió Isabel.

—No puedo, ya tengo un cliente citado que reservó justamente para mañana. No quiero tener problemas con usted. Ya estaba advertida —respondí con falsa paciencia.

No se rendía. Pasaba cada tres o cuatro días. En muchas ocasiones almorzaba, cenaba, o pedía un coctel mientras me suplicaba. Una noche me pareció verla muy perturbada y más sensible, también más delicada con la petición; resolví acceder, pero le hice prometer que sólo una vez más, que no podía pasar de allí, que de lo contrario yo no respondía por lo que pudiera suceder.

—Gracias, entonces que sea mañana mismo. Gracias Jeremy­ —respondió Isabel mientras saltaba de dicha como una niña.

La noche siguiente –era un viernes– apareció mucho antes de lo acordado, con un vestido largo tehuano, collares con pepas de cobre, accesorios bellísimos y una trenza bien hecha.

Le serví el platillo y la dejé sola.

“He estado muy cerca de ella. Sábado 19 de junio de 1943. He aprovechado la inauguración de la gran pulquería La Rosita. Me han dado un folleto que distribuían a los habitantes del barrio de Coyoacán. Un gran despliegue de música, fantasía, confetis… He visto el mural pintado por los fridos. Todo el día fue de fiesta, hubo un gran desfile donde se paseó desde la gente del barrio hasta los grandes del arte y la política. He escuchado el mariachi que contrató Frida en la plaza Garibaldi. He aprovechado el gentío para decirle que la admiro y que el tiempo le hará justicia. Ella ha sonreído, me ha preguntado mi nombre, yo le he dicho: Isabel, y me ha dado las gracias. He visto a Frida pasearse por el barrio todo el día, la he seguido y creo que está en lo mejor de su vida”

—Misión cumplida, Isabel. Ni una más. No puedes hacerlo más de dos veces. Hay una pesadilla del otro lado —le dije. Ella asintió y pareció sumisa al salir esa noche.

Pero Isabel no cumplió. Volvió después con sus característicos vestidos largos de colorines. Pedía cualquier plato, siempre mexicano, y se sentaba en la última mesa del primer piso, en el rincón más escondido. Cuando masticaba cerraba los ojos y sostenía conversaciones con gente de Coyoacán, con Diego Rivera, con Frida; con Las dos Fridas, incluso alguna vez parecía que hablaba en ruso con Trotsky en su delirio. La pobre vino todos los días durante dos meses con la esperanza de convencerme; nunca antes había ocurrido algo así. La pobre Isabel perdió la razón y me sentí culpable. Sin embargo me llené de curiosidad: ¿qué habría en aquel submundo detrás de ese platillo? Me cansé de hacerme la pregunta y decidí hacer la prueba en carne propia. Una madrugada esperé hasta que todos salieran del restaurante, preparé tortillas “Frida Kahlo”, sólo que esta vez con pollo y más chile, y me introduje en el mundo al que Isabel insistía en ir con tantísima vehemencia. Nunca nadie había perdido la cordura con esta experiencia. Frida empezó a entrar en mi cabeza, fabriqué una imagen de ella muy propia, que poco tiene que ver con la que muestran los medios o los chismosos. Vi a una Frida delicadísima y de gran carácter, menos mediática, más sentimental, esquiva, con un esplendor rojizo de virgen comunista, dispuesta a conversar con un cocinero de otro tiempo, otro país y con un estilo de vida distinto al suyo.

Y decidí vivirlo por segunda vez.

Juro que me sentí extasiado, sólo lo había probado con “Lasaña impostora Fellini”, pero esta vez la diferencia fue abismal lo de la lasaña pareció un granito de arena al lado de una montaña.

Me retumba la cabeza, me duele el estómago de pensar en lo que podría suceder si llego a hacerlo por tercera vez. Yo mismo inventé todo esto, ahora no puedo dar marcha atrás, así es como funciona. Absurdo, Jeremy, imposible. Hay una pesadilla del otro lado. La lombriz sigue encima de la barra, la ahogo en el tequila, que me tomo de un solo sorbo. Creo que he inventado este ritual de la lombriz para evadirme del deseo de probar de nuevo el plato de tortillas que me ha obsesionado.

Me entra de pronto una fuerza-fuego por todo el cuerpo que no puedo extinguir ni vencer. Veo cómo se contonea la pobre lombriz, miro la cara de asco de las meseras, la indiferencia de los demás, mientras baja en un gran trago por mi garganta.

Cierro los ojos para vivir de nuevo esa alucinante sensación de estar en aquella cocina sesenta años antes, preparando, para la mujer que amo, un suculento platillo que he inventado en otro tiempo y lugar, y que ella ya ha probado sin conocer las consecuencias; los dos solos, y aquellos graciosos monos sobre mi hombro, y seguir una vida maravillosa junto al gracioso chihuahua. Y me basta, no necesito nada más; sólo tomar las manos delgadísimas de Frida, susurrarle al oído un poco más sobre toda esta locura de mi menú secreto, aproximarme un poco para darle otro bocado de esas tortillas que yo mismo he preparado y que llevan su nombre.

Mientras tanto, mi cocina ya empieza a despedir por tercera vez aquel aroma de pollo y chile. Frida me espera.

 

 

 

 

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