Leo Kopp

 

Tú que sí me escuchas, Leo Kopp

Cuento finalista publicado en la antología “Bogotá, historias paralelas” en 2008

 

Leo, te siento aletear en mi corazón-talismán cuando atravieso la puerta del cementerio. Desde que desperté en la mañana un furor inexplicable baja desde mi estómago  y llega a los dedos de mis pies en forma de vigorosos remolinos. Quizá hoy no venga mucha gente a pedirte; quisiera pasar por lo menos unas horas aquí, sola, arreglando estas florecitas púrpura que te traje, para que siempre recuerdes que no sólo te visito por favores, sino también para verte y consentirte un poco, porque sin duda, este es uno de los lugares más carentes de barullo y entusiasmo para los habitantes de Bogotá, excepto para mi. ¿Crees tú lo mismo, Leo? La gente se horroriza ante la muerte, nada más pasar por la puerta los hostiga, los pone en guardia  para huir de inmediato y con desenfreno a reclamar algo de vida, un atisbo que les muestre que no son tan viejos o tan propensos a una extinción. Los últimos meses me he sentido extraña aquí, venir ya no es lo mismo, este cementerio ha adquirido un halo chocante desde que la administración de la ciudad decidió instalar las figuras en bronce de todos y cada uno de estos eminentes personajes nacionales en posición de escucha junto a su respectiva tumba, para que la gente pueda acercarse y pedir su respectivo milagro, igual que contigo. Yo sé que para ti también es inconcebible, pero ya nada se puede hacer. Parece tan desatinado notarlos a todos en tu misma posición, muy atentos a los encargos, cuerpos firmes y proporcionados, una cerca dispuesta  alrededor y muchas vasijitas blancas preparadas para las flores. Siento que  han invadido tu espacio, que te han despojado de algún modo. Tú eras el único con el privilegio de escuchar en este cementerio, pero ahora, todos tienen el poder, todos pueden responder a las plegarias de los vivos, no es justo Leo, ni es correcto.   Esas interminables filas en las estatuas de Galán, Silva, Pizarro, Gómez, Pombo, Caro… son tantos, lo único que pienso es en lo necesitada que está la gente de milagros. ¿Qué crees que pensaría José Asunción al verse así, tan expuesto, tan propenso a convertirse en redentor? ¿Qué opinarían los demás? Quizá la idea no sería tan punzante para ellos, quienes en vida alcanzaron a ser una certeza para los desesperanzados. Hoy en el camino, despacito, por toda la veintiséis, recordé cuando vine por primera vez, tendría unos ocho años, quizá nueve; al salir  de cine papá propuso que visitáramos el Cementerio Central antes de ir a casa, una gran idea, sin duda, y lo que nació como una visita extravagante se convirtió con el tiempo en el ritual ineludible de mi vida. Dimos varios recorridos. La tumba de  Silva me atrapó, la mirada se me quedó pegada a su lápida,  lo conocía por ese poema que papá recitaba y eran una sola sombra larga y eran una sola sombra larga…vueltas en espiral, la gente tranquila, ancianas, mosquitos, gris, gris con rojo, blanco, claveles, rezos largos como esa sombra del poema. Tantas lápidas, nombres, fechas y nada aparentaba ser muy emocionante, hasta que apareciste tú. La única y gran  figura en bronce, dispuesto a escuchar y en frente una serpenteante fila de solicitudes. Le pregunté a papá qué hacía la gente allí, a lo que respondió que pedían deseos, y que el señor Leo Koop, quien había sido un gran hombre en vida, hacía los favores que la gente le pedía. Que era alemán, fundador de la cervecería Bavaria y muy bueno con toda la gente. ¡Qué interesante!, pensé, es como un gran espectáculo de circo en medio de un universo pálido-pálido, formado con cubos de cemento y arbustos idénticos. Deberías pedirle algo a Leo Koop, sugirió papá. Mis piernas se agitaban de susto ¿Habrá que pagar algo? ¿Cuánto debe demorar la petición? ¿La gente se fijará que tengo los ojos cerrados?  Leo, creo que aquella vez escuchaste con esmero el crujir de mis entrañas, la pena de niña se reflejó en el tono sanguíneo de mi cara, los movimientos torpes, la mirada que reclama dirección fija sin atinarla. Creo que te dije: Señor Leo, quiero pedirte que me vaya bien en el colegio, por favor, que Dios me ayude, que tú me ayudes porque a veces siento que no puedo, que  mi cabeza es una casa en ruinas habitada por un dragón dormido de tanto llora, que mi conciencia es demasiado grande para la edad que tengo, que mi alma y mi actitud son taza que  recoge las penas de los más chillones. Las primeras veces fui con papá, luego mamá era quien me llevaba. De adolescente, invité a mis amigas del colegio para que vieran mi maravilloso cosmos místico, sin iglesias, ni brujas. Luego, comencé a visitarte sola, alguna vez, y de tajazo detecté que me molestaba la presencia de los otros, así que inicié una serie de rituales en solitario, bien lo sabes, temprano alguna mañana, entre lunes y viernes, dos o tres veces al mes y si alguna vez falla la exactitud mi plan, lo hago en sábado o domingo. Un surtido rosario de sueños y encargos se fue formando con los años. Señor Leo, quiero un kit de muñecas de las que beben y expulsan, quiero pedirte que me dejes pasar el año, quiero izar la bandera, deseo con todo el corazón que me dejen pasar las vacaciones donde mi abuela, necesito que Jorge se de cuenta que existo, aspiro a que Jorge me llame y me hable cosas bonitas, muero por ir al paseo con Cristina y Ana, quiero acertar con la carrera que voy a elegir, anhelo ir a Rock al Parque sin que papá me vigile tanto, quiero alguien que me quiera de verdad, quiero, señor Leo, pasar este último semestre con las mejores notas. Leo, quisiera el mejor trabajo del mundo y ser muy feliz con lo que haga, Leo quiero ser una persona feliz, ayúdame. He pedido demasiado. ¿No es verdad que amaestramos el mundo a nuestro antojo, para sentir que vivimos dignamente? Leo, siempre me has atendido, cuando hice la fila no imaginé que tu figura funcionaba inexplicablemente como una lámpara de Aladino, en tres pasos: acercarse, hablarte al oído y  ya está. Tu presencia en mi vida me ha librado de cientos de  quirófanos flamantes,  de ser la  amante enferma de Philip Morris; mis ojos albergan la pureza de la vida, sabes que he tenido tanto, tanto. Si no fuera por ti seguiría comiendo peces de jabón y untándome cremas a base de esencia de gata para  desarrollar un poco la sagacidad, la sensualidad.  Mi querido Leo, sabes que… que mi matrimonio será dentro de un mes exacto, tengo miedo de probar el placer carnal, no puedo seguir con este encuentro verborreico que me causa  tanto espanto. Quiero callar y no puedo. Pretendo entregarme a mi esposo sin miedo, necesito que me brindes valor para lograrlo, tengo 34 años de vida y sigo inmaculada, sufro de una terrible imposibilidad, también sé que mi cabeza es puñado de pestes inventadas para escabullirme del mundo. Yo misma no creo toda la paciencia y el amor que Rafael ha demostrado, como un santo, y yo, sin duda, la gran virgen impostora vampirizada por los efectos del miedo.  ¿Sabias que Manuel H me fotografió cuando tenía apenas 18 años? Pensé que una foto de Manuel H me traería buena suerte, esa noche tenía una cita con Pablo, un viejo amigo del colegio; me puse una falda vaporosa de rayas verticales y una blusa blanca de manga corta; pensé que Pablo se convertiría en el primero, y no fue así. No fui capaz. ¡Rosario!, me decía a mi misma, te vas a congelar entre los brazos de ese hombre, sal corriendo, no te escuchará, no sabrá lo que dices, nunca. Leo, la mayoría de nosotras se acuesta con ellos para poder hablar. Mi vestido está listo, creo que es muy largo y sencillo, ya sabes que no me agrada lo ostentoso. El menú, los invitados… todo está listo. Temo pensar en lo que viene, cuando Rafael rompa por fin su eterno hilo de paciencia y yo no sepa qué hacer. Quisiera que él me escuchara, que supiera cada uno de mis pensamientos, que alimentara mi infinita elocuencia, que supiera que hay en mí.  Leo, debo contarte algo: Rafael, no quiere que vuelva aquí, dice que debería ir al psicólogo o a la iglesia como medio para reconfortar mi alma, como toda la gente; se llena de furia cuando dice que me paso la vida entre  tumbas y que estoy recogiendo en mi cuerpo todo el frío de los muertos. No quiero dejar de visitarte, mi vida sin ti, sería impensable, creo que Rafael tiene un plan: una vez estemos casados llevarme  a vivir a Cartagena, y no quiero, no puedo, mi vida está en Bogotá. Hoy es primero de noviembre, y veo que un grupo prepara una especie de ritual en honor a los muertos, dicen que ellos vuelven a su casa durante los siguientes nueve días luego de  su muerte, que sus visitas son a las seis de la mañana y a las cinco y media de la tarde, si muriera vendría directo aquí ¿sabes? Je. Hoy es un día muy importante, porque es tu día, y porque dentro de un mes será  mi día, necesito que me des valor, que me llenes de luz y felicidad, que la gente sepa que mi vida es una encantadora vida, sueño con que me arranques el desasosiego y lo apartes de mi, para que mi esposo pueda tener mi cuerpo. Leo, tú que me escuchas, vengo a pedirte por sobre todas las cosas poder quedarme en Bogotá. Soy una tonta, lo sé, pero tengo miedo. La tumba de Galán siempre tiene curiosos y una enorme fila de peticiones, al igual que la tuya. Hoy vi a varias personas esperando frente a la figura de Pizarro, y otras cuantas en la de López Michelsen, es natural, la gente viene más en estas fechas de noviembre. Cómo me gustaría que se respirara el aire quieto de antes, cuando eras el único dispuesto para los milagros aquí. Me he propuesto que tu figura sea el bronce más reluciente de todo el cementerio, nadie se toma la molestia de brillar aquellas esculturas a quienes se vienen a suplicar, nadie, casi nadie trae flores o limpia el lugar que habitan sus deidades. Aunque ahora todas las figuras de ellos estén aquí, la tuya fue la primera, y para mí, la única. Siempre serás el más esplendoroso, el más acompañado, el irremplazable, el único. Lo sabes, Leo, nadie más te trae rosas amarillas y rojas como yo, sabes que la multitud  siempre quiere ser escuchada, por eso tantas y tantas mujeres vienen aquí, justo aquí… ¿sabes, Leo? siento tumores en la garganta cuando llego pensando que estás solo y de pronto encuentro alguna mujer con los ojos cerrados, aferrada a tu figura enorme, maciza y brillante. Casi es hora de irme. Aprovecho hoy para decirte todo esto, no sé por qué, pero preciso confesarme antes que venga el vigilante a advertirme que me vaya porque es hora de cerrar el cementerio. Paciencia, paciencia, me digo, entonces me acurruco por ahí o doy algún paseo muy corto, y cuando noto que por fin estamos solos, te paso otra vez el paño, suavemente,  para que tu cuerpo no pierda jamás el brillo; recojo la basura, unas hojas secas, las flores muertas, espanto esos ínfimos  mosquitos que se posan sobre tu cabeza, y si veo que no hay alguien por ahí, que ronde; es cuando me acerco un poco más a tus mejillas, lenta, muy lenta, invento un abrazo, deslizo mis dedos temblorosos por tus sólidos labios, me estremezco ante el roce de nuestras manos, mi corazón-talismán rebota de dicha, me siento nueva, otra, feliz, debe ser porque adoro sentir la firmeza helada de tu piel.

 

Adiós, Leo, te hablaré después.

 

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