Francois Massialot

Mejor culpa a François Massialot

 

Cuento finalista publicado en la antología

La letra sin sangre/ A seis manos/ 2012

 

 “No hay amor más sincero que el amor a la comida.”

George Bernard Shaw.

 

          La copa de Cabernet Sauvignon se agita en la mano izquierda de Grisel, ansiosa por la llegada de su creme brulée. Con la derecha empuña su cartera de gamuza para sacar una Moleskine atestada de datos personales porque teme olvidar un día hasta su propio nombre. Cuando salen a cenar, Grisel va siempre tras el postre, Augusto tras el vino aunque la diabetes esté acabando con su vida. Como tantas otras veces han elegido Madelaine, ese restaurante francés para ellos el mejor de Bogotá donde los llaman por su nombre, obtienen tragos y postres de cortesía y departen hasta pasada la media noche en compañía de Jean Paul, su dueño, un parisino que se desvive en atenciones para ambos.

       A menudo, transitando por las calles en compañía de Augusto, veo parejas que al agarrarse de la mano es como si quisieran apresar en ese contacto, algún secreto. Como si al tocarse ansiaran desmaterializarlo todo y convertirse al fin en una suerte de coral mecido por el mar; todo para olvidar que se han equivocado, que han faltado a sus promesas.

        Ese breve instante en que el mesero hace señas de “no me tardo”, se enciende una chispa en Grisel que decide proponerle un jueguito a su esposo con quien celebra cincuenta años de matrimonio. El dulce ha marcado los setenta y dos años de Grisel, consciente, por recomendación del doctor Armenta, de la imposibilidad de consumirlo con la frecuencia que ella desearía. La pareja sólo cae en las tentaciones azucaradas durante fechas especiales. Grisel llama al mesero y le recuerda que lleve sólo una creme brulée, dos sería demasiado, la porción es pequeña por lo que al compartirla será sólo un pecadillo que no tendrá ninguna trascendencia, dice a su marido, que sigue empeñado en admirar, como en cada visita al restaurante, la belleza de una luminaria siempre penumbrosa esos contornos de madera patinada de las sillas Luis XV, las cortinas de terciopelo vino tinto; y las pinturas de tantísimas dimensiones y escuelas que hacen justicia a las callecitas parisinas que visitaron juntos en marzo del ochenta y dos.

         —Su postre, señora Grisel —dice el mesero que deja el pedido, una porción no tan pequeña como Grisel l recordaba, en la mitad la mesa junto con dos cucharitas y se retira satisfecho.

        En una página de su Moleskine, Grisel elabora una lista con su letra cursiva impecable mientras Augusto guarda un silencio muy parecido al cansancio.

       —Es hora de la verdad. ¿Quieres jugar un juego que acabo de inventar? —pregunta Grisel con una sonrisita que revela unos dientes grandes, sanos y valientes.

      —Tú y tus juegos. A ver, cuéntame de qué se trata esta vez —responde un Augusto que accede a los caprichos de su esposa más por rutina que por deleite.

    —Acabo de hacer una lista con los nombres de algunas mujeres con las que sospecho que te has acostado o has tenido una relación a lo largo de estos cincuenta años. Si acierto, comes una cucharadita de cremé brulé, si no, simplemente tomas un sorbo de agua. ¿Aceptas?

        La noche en que nos conocimos le pedí a Augusto que me diera fuego para ese cigarro que llevaba dos meses en mi abrigo, al día siguiente elaboré una larga lista con todas las cosas que haríamos cuando estuviéramos juntos. Una de ellas era comer juntos un postre francés.

       La mirada vidriosa del anciano se concentra en ese postre que contempla con añoranza, levanta el dedo índice lo que revela que está a punto de revirar o imponer alguna condición, pero vuelve a recostarse en su silla, baja la mano y asiente dócil con la cabeza. Grisel sabe muy bien que no puede dar marcha atrás con su arrebato de aniversario, extiende la mano para dejar la creme brulée frente a su esposo y comienza su juego.

      Grisel pronuncia “Clemencia”, Augusto (sorprendido) rompe con la cuchara la costra de azúcar de la superficie y come sin darle la mirada a su esposa.  “Rosaura”, Augusto apenas unta la cuchara y come de mala gana. Cuando Grisel pronuncia el nombre “Clara”, él toma un bocado con desconfianza. Con “María Victoria” duda, pero luego come dos cucharadas colmadas. Con “Esther”, cierra los ojos y saborea el postre con tanto placer que consigue el enojo Grisel que no dejará la lista de lado. “Marcia”, él se agarra la cabeza con las dos manos, se jala el incipiente pelo de las patillas, se cubre la cara con un gesto de pesadumbre y toma un sorbo de agua. “Berenice”, el hombre sonríe a carcajadas como si acabara de recordar el minuto más hilarante de su existencia y vuelve a comer sin que su esposa le dé la entrada con un nuevo nombre. “Alina”, indica Grisel y él toma el vaso de agua de largo, de un sólo sorbo. “Piedad”, Augusto introduce la cuchara, saca una porción mínima, raspa con la cuchara todo lo que puede, que ya es casi nada, luego introduce con mucho esmero su dedo índice que lame mientras cierra sus ojos acuosos, miopes y víctimas de un terigio. Esa expresión de Augusto que exuda placer, provoca en Grisel una suerte de impavidez que no piensa abandonar por más gestos o comentarios que pueda hacer su marido.

       Cuánto amaba sus silencios en la mesa de todos los días, sobre todo en esos atardeceres en los que se suponía que Augusto salía a jugar póker, aunque la mañana siguiente estuviera plagada de sus contestaciones monosilábicas. Ahora sus bocados de postre corresponden con exactitud a mis suposiciones de tantos años registradas en mi Moleskine.

       Augusto se zafa la corbata mientras hiperventila. Varias gotitas de sudor resbalan por su frente que ha comenzado a cambiar de color, de blanco profundo a rosa intenso. Grisel se queda inmóvil.  No se acerca para auxiliarlo, no chilla para llamar la atención de los comensales, entre los cuales podría haber un paramédico con experiencia. No le levanta los pies. No le da respiración boca a boca, ni le agita una servilleta en su cara, tampoco le toma el pulso. Augusto cae desplomado al suelo.

      El mismo mesero que los ha atendido se aproxima sobresaltado para preguntar qué le ha sucedido a don Augusto. Grisel no abre la boca, pero ve que una de las meseras se ha ocupado de llamar una ambulancia El cuerpo de Augusto continúa tendido en el piso mientras que alguien, al parecer, experto, revisa sus signos vitales. La ambulancia aparece. La luz anaranjada de la sirena ilumina la figura inmóvil de Grisel que no ha dejado de garabatear en su Moleskine.

       Algún día, lo juro, hallaré esa respuesta precisa que exige mi mente, mi cuerpo entero, aunque será como dar con el número ganador de una lotería birmana de los años cincuenta. Mi cerebro requiere azúcar.

      Sobre la camilla, los paramédicos llevan a Augusto hasta la ambulancia al tiempo Grisel toma todas sus pertenencias del perchero: su cartera negra de gamuza, su enorme paraguas con mango de madera y agita su mano para despedirse del personal del restaurante; sube a la parte trasera de la ambulancia con un estoicismo que ha molestado a más de uno. Augusto la mira de soslayo como recriminándole.

    Que mejor culpe a François Massialot, el primer cocinero que publicó la receta de la creme bruleé.

       El ulular testarudo de la sirena no logra perturbar a Grisel que con las piernas cruzadas y un gesto de sosiego que pocas veces consigue, advierte a su esposo en la camilla y la diligencia del enfermero que no deja de atenderlo ni un segundo. Augusto cierra los ojos y Grisel aprovecha para sacar de su bolso de gamuza una cucharita y un recipiente de plástico transparente que contiene una creme brulée.

       —Jean Paul —susurra Grisel para sí misma cada silaba con el mismo placer con que Augusto se comió la cucharadita correspondiente a “Piedad”.

       Grisel se entrega enseguida a la frenética labor de comerse ese postre por el que había esperado tanto. No se detiene, entre cucharadita y cucharadita se lame los labios, no se detiene, se estremece, no se detiene, suspira, no se detiene, su expresión anciana desaparece gracias a la dosis de placer que se auto proporciona, no se detiene, exhala.

     Termina su postre y al igual que su esposo, introduce en el recipiente los dedos corazón e índice de su mano derecha que luego relame con un salvajismo que nadie ha visto nunca en una señora tan prudente, tan reposada, tan contenida. Augusto desea levantarse, incómodo por esa careta de oxigeno que no le permite hablar, pero sólo mira con recelo y vuelve a recostarse. En su Moleskine la reanimada Grisel ya ha apuntado el empate.

    Soy como una creme bruleé, pero al revés, blanda por fuera, dura por dentro.

    La ambulancia se pierde en la interminable y oscura autopista.

 

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