Cortinas

 

LAS CORTINAS SON EL PRINCIPAL OBJETO DE DESPRECIO DE LOS VOYEURS.

Cuento finalista publicado en el antología “Yo soy escritora” en 2008

 I

Hanna y su esposo Walter viven  en el 304 de un  edificio llamado Cool.  Justo en frente vive un tipo empeñado en acabar con la vida de todos los vecinos, según dicen.  “Es un enfermo de esos que no tienen vida propia”, asegura Hanna.

II

Hanna es pastelera por acérrima vocación, lo que más desea Walter es que ella abandone por fin la glotonería; pero es caso perdido. Hanna ronda las cuatrocientas libras, según Walter, pero a ella no le importa, es más, le encanta verse corpulenta, sabe que eso la hace aún más fascinante.

Rolliza y encantadora, trabaja siempre en casa. Adora su labor creativa y su manera natural de hacer las cosas. Siempre ha soñado su cuerpo como un enorme templo, un descomunal santuario donde cabe su mundo entero. Hanna no siente pudor por pasearse desnuda todo el día, un deleite extraordinario se apodera de su alma cuando danza en cueros por todo su apartamento, cierra sus ojos negros e imagina que Walter la toma por sorpresa, frenéticamente, y la habita en un mesón de la cocina.  Y sigue danzando y fluye, fluye como una cascada de chocolate caliente en una fuente, destila dicha.

Desea que  cuando Walter llegue a casa  la adore como res sagrada, irrumpa en su cuerpo de cien kilos para decirle que lo ama con la boca llena de trozos de frambuesa mientras escuchan bossa nova, desnudarse en el sillón color vino para  mimarle el pelo en caricias prolongadísimas, enredarlo, entretejer sus mechones negros, quizá un poco más de chantilly para tener más ganas, otra frambuesa por aquí, medio durazno por allá.

Por fin, en la noche, Walter llega de la oficina, va directo a la habitación con un gesto al estilo hoy-no-quiero-nada-nada, mientras  Hanna lo sigue con la mirada descolorida, tumbada en el sofá desnuda, descalza, deseosa; con su mueca de siempre al estilo hoy-deseo-todo-todo y con varios pasteles en el horno a punto. Ante la indolencia no le queda más que galopar hasta la cocina, auxiliar a los achicharrados pastelitos; sentarse en la cerámica de la cocina y apresurarse a engullirlos todos con un litro de leche fría, ¡qué bueno que por lo menos son de cereza!

Al día siguiente, Hanna más que resignada abre las cortinas y muy temprano inicia su labor de  amasar-amasar en el mesón a contonear su gran cadera, echa un vistazo a la calle, bebe un poco de vino blanco, se siente más sensual que nunca; toma su copa parada en la ventana, pasea un poco su ansiedad mientras se deja llevar  por el gozo del vino. Más tarde, observa orgullosa su propio reflejo en el gran ventanal, piensa en su esposo…no logra sacarse de la cabeza  que quizá Walter está en la onda de lo  asexual y que alguien, alguien la mira en forma secreta.

III

Un día cualquiera  mientras cocina y saborea su copa habitual, Hanna ve como aparece un gigante letrero en la ventana de en frente donde dice. “Me encantan sus pechos. Necesito espiarla en la ducha cada día para lograr paz interior”. Hanna enrojece de furia, siente que le han robado su intimidad. Qué asqueroso sentirse vigilada por esa mirada sádica, sin embargo, mira sus pechos en el espejo para descubrir que parecen más firmes y exquisitos que nunca. Horas después el portero entrega a Hanna una nueva misiva. Furibunda, remite una nota donde responde que mejor se dedique a mirar sus propias pelotas, que la deje en paz; a lo que el voyeur contesta que se ha aburrido de mirar sus propias pelotas y que ella tiene los pezones más soberbios que ha visto jamás en una mujer. Ella replica que se siente muy molesta entre tanto comentario pasado de tono y que los deje tranquilos.

Es allí cuando Walter comienza a sentirse como espectador de un partido de ping-pong, y a manera de represalia contra su esposa se entrega a una rotunda mudez y deja de comer su pastelito diario.

IV

Semanas enteras y el juego continúa. Hanna quiere ser libre, no dejará de ser quien es por culpa de un loco. El voyeur insiste, sigue enviando las notas junto con el gran listado de pedidos pasteleros para Hanna, ella deduce que mejor es acabar con el juego enfrentándolo.

La estrategia infalible para comunicarse con él es vía pastelillo, pues ha descubierto que la mitad de toda su producción pastelera va a dar al apartamento del mirón. Es así como entre pasteles, siempre de cereza, y sobres con el dinero del pago, logran comunicarse.

V

“No existe otra forma de vida para mi. Ante unos muslos espléndidos como los suyos, no puedo hacer otra cosa…soy presa fácil de la belleza.”

“Estoy muy  tensa,  su mirada me tiene perturbada. No me obligue a llamar la policía”

“Acechar su cuerpo me hace perder la razón.”

“Señor, me siento agobiada, siento su vigilancia todos los días, sobre todo a la hora de la ducha  o cuando uso mi pequeño negligé  blanco. Debo decirle que mi esposo ha tomado medidas.”

“Lo que más deseo  en la vida es que no existan esas molestas cortinas por todos los salones de su apartamento.”

“Siento una especie de cosquilleo inexplicable. Usted es de lo peor. Ya no me concentro en mi trabajo.”

“No puedo opinar nada al respecto, salvo que  tanta miradera significa pasión, quizá  amor.”

“Creo que lo mejor es que me escriba al e-mail. Ayer por accidente manché las cortinas con salsa de caramelo, creo que mañana las llevaré a lavar.”

“Ojalá en la lavandería las pierdan.”

“Yo me encargo de eso. ¿Cuándo podría verlo?”

“Cuando quiera.”

“Esta noche.”

“Es perfecto, esta misma noche.”

“O.K en su casa. Yo me encargo de todo… mmm… llevaré vino, pastelitos y bossa nova.

“Por supuesto…siento que algo bueno está por venir.”

VI

A la siguiente semana Hanna le pide el divorcio a Walter, toma sus cosas, incluyendo su poderoso kit culinario  y se marcha de inmediato al 301 del edificio de enfrente llamado Hot.

VII

Walter se compra unos binóculos, idea que encanta a Hanna, quien envía a lavar cada semana las cortinas, principal objeto de desprecio de su ex marido.

 

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