Primera persona del plural

DoppelgangerEn la escritura, al menos allí, podemos dejar en manifiesto esa pluralidad de la primera persona del singular. Existe un Yo doble, incluso múltiple, bajo nuestra piel, al que no le prestamos la menor atención a la hora de escribir, y si lo hacemos, casi siempre lo excluimos de nuestras narraciones o diarios confesionales. En la cotidianidad, una parte de nosotros se bifurca y somos dos, o más, y podemos llegar a ser conscientes de ello, pero si escribimos sobre nosotros mismos solemos dejar fuera al otro, o a los otros. Es así como podríamos empezar una carta a un amigo diciéndole: “jamás bebo mientras escribo, pero hoy he decidido hacerlo bebiendo una copa de vino portugués”.  Si atendiéramos a ese yo múltiple diríamos: “jamás bebíamos mientras escribíamos, pero hoy entramos a discutirlo con tanto ímpetu que terminamos en una acalorada discusión. Yo alegaba que no sería solo una copa, que terminaría siendo una botella teniendo en cuenta nuestra consabida compulsión hacia todo. Y yo decía que no entendía por qué tanto problema por una copita de vino, una acción inocente, que incluso, mejoraría nuestra tímida redacción, pero sobre todo, la franqueza que requería nuestro mensaje. Vamos por una botella y todavía tenemos dos guardadas bajo llave, pero las llaves bailan en el bolsillo de mi pantalón”. Llegan todos en fila, abstemio con alcohólico, la chica mala y la chica buena, el abúlico con el sátiro, el honrado abrazado con el ladrón. Una chica buena sale de casa y en el camino se encuentra con la mala, planean si deberían ir juntas a una cita o si solo una de las dos asistirá. Descubren que si solo una va la cita resultaría un rosario de bostezos para ella y para su acompañante. Llegan a un acuerdo y van juntas; es así como descubren que si intercalan sus apariciones el encuentro resulta expresivo, chispeante y, sobre todo, memorable, tres factores importantes para la narración. Otra noche el abstemio sale de casa y durante el camino se encuentra con el alcohólico planean si deberían ir juntos a esa reunión con amigos o si solo uno de los dos asistirá. Saben que si llegan a un acuerdo, y van juntos; bailarán con todas las mujeres que desean y las cortejarán y le dirán un par de verdades a algún majadero, pero al darse cuenta de que podrían terminar la UCI del hospital más cercano, deciden beber tres vasos seguidos de agua y detenerse, quedarse con la sensación eufórica para continuar la velada hasta el día siguiente, recordando todos los detalles, lo que les conferirá satisfacción y memoria para luego escribir lo sucedido. De no llegar a un acuerdo, el abstemio estará en casa con la pijama de rayitas puesta a las once de la noche, y el alcohólico tendrá sexo con dos mujeres en el baño de hombres, le dará una golpiza al majadero aquel que le hablaba de fútbol, pero no recordará nada cuando despierte en la UCI con la cara desfigurada. Aunque podría escribir sólo acerca lo que recuerde, como no. Si estamos atentos a las apariciones de aquellos antípodas, la vida dejaría de ser esa hoja en blanco que nadie se anima a cambiar, para convertirse en una página escrita a cuatro, incluso a seis, u ocho manos. Al menos habría algunos matices, subidas y bajadas, dos tipos de letra. Una lucha que haría que dejáramos de ser una miserable figurita de cartón colocada en la entrada de algún centro comercial, en el mejor de los casos.

Luego de vivir en plural, solo queda escribir. Nos queda escribir.

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