Bienaventurados los que duermen

RemediosVaro_PapillaEstelarNadie se interesa por las consecuencias que le pueden acarrear sus sueños, deberían preocuparnos, por lo menos a quienes podemos recordarlos con cierta claridad. Ocurre que nos sucede algo que no comprendemos, a lo que nuestra parte racional no encuentra explicación, y a nadie se le ocurre pensar que es el efecto de un sueño que el durmiente ha llevado al plano de la realidad. Pocos le prestan interés a esa parte de la vida donde la mente primitiva con sus manifestaciones de fuerzas psíquicas impedidas para desplegarse, se libera durante la vigilia. Pasamos por las vicisitudes de un día cargado de imágenes y estímulos, cenamos, nos cepillamos los dientes, leemos un libro o vemos una película, y por fin, entramos en ese estado de aparente reposo, de inhibición de la consciencia, en ese episodio psíquico de pleno derecho en el que aquello que el inconsciente ha reprimido, que no se sabe que se sabe, se pone en evidencia. Nos adentramos en esa realidad conformada por elementos de nuestra propia vida combinados con otros que apenas podemos concebir. Al no recordar nuestros sueños, resultaría imposible entender porque de la noche a la mañana, literalmente, aborrecemos a esa vecina del piso de arriba que antes apenas si notábamos; no logramos saber porque es que deseamos que ese viejo conocido, amigo de nuestra madre, pierda el habla; y mucho menos la causa de que esa persona que antes nos parecía simplemente jovial, adquiera, de pronto, un halo de sensualidad sobrecogedora, que apenas si podemos soportar cuando volvemos a verla en alguna reunión. El peor de los casos, cuando una persona a la que hemos querido toda la vida, y con toda el alma, se convierte en nuestra enemiga, deseamos no verla nunca más. Ojalá pudiéramos recordar que en ese sueño del viernes 22, la vecina del piso de arriba mordía nuestra pierna con tanta ferocidad como su Dobermann; que en el sueño del lunes 4 ese viejo amigo de nuestra madre llegaba a nuestra casa con su típica y pavorosa verborrea en el capítulo uno de la sexta temporada de House M.D, el del domingo 25 en el que besábamos ardientemente a esa persona jovial. Ojalá pudiéramos no haber soñado nunca, ese miércoles 17, que esa persona a la que hemos querido toda la vida, y con el alma, había intentado exterminarnos con frutas envenenadas que rechazábamos, pero regresaba a la inmensa casa de campo en la que vacacionábamos, armada con un bate de béisbol  casi más largo que su propio cuerpo, y nos daba un golpe en la cabeza, por la espalda. De la nada, en ese sueño, aparecía también un bate en nuestra mano, y la golpeábamos hasta el cansancio, hasta ver su sangre caliente patinar por las paredes, y sus órganos machacados sobre el viejo piso de madera. Al día siguiente estamos impedidos para contestar una llamada suya o un correo electrónico, no deseamos que vuelta a nuestras fiestas de cumpleaños y rechazamos categóricamente sus invitaciones a cenar, hasta que tomamos, por fin, la decisión de no verla nunca más. Por eso, y por mucho más, deberíamos practicar el sueño lúcido, y controlar, hasta cierto punto, nuestras acciones mientras dormimos, así, al despertar, estaríamos dispuestos a llevar a cabo actos heroicos, acciones nobles que enaltezcan nuestro espíritu, a perdonar a los insoportables, a los enemigos, a recuperar lo perdido, a comprender por fin ciertos misterios, y acabar con esos miedos que nos han convertido en los pusilánimes sonrientes de vida normal. No tendría ninguna gracia, además de ninguna manera somos, ni llegaremos a ser, nunca, guionistas de nuestro inconsciente.

 Y no somos tan inocentes, siempre hay un deseo detrás de un sueño.

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