Marina Abramovic/ “The artist is present”

MarinaAbramovic_webMarina Abramovic, quien se autodenominó la abuela del performance, en una de sus acciones artísticas en el año 2010, pasó días enteros sentada en una silla. Frente a ella, otra silla vacía que los espectadores ocupaban por tiempo indefinido. El objetivo: mirarse fijamente, sostener la mirada de la artista. Los espectadores que se animaban a ocupar ese lugar quedaron también expuestos ante los ojos del resto de los asistentes. Quienes tuvieron el arrojo de ocupar la silla lloraron, otros permanecieron impasibles durante cinco segundos o media hora. Sucedió también que una joven vestida exactamente como Abramovic, se sentó en la misma posición con la determinación de pasar todo el día frente a la artista yugoslava. Y así fue, estuvieron el día entero mirándose. The artist is present, que es como Marina Abramovic tituló su acción, hace pensar que nos pasamos la vida sin siquiera mirarnos. Cuando advertimos la amenaza de una larga mirada, parpadeamos más que de costumbre, volteamos hacia la ventana o el reloj, nos quitamos las pelusas de la solapa o nos excusamos en el cielo para establecer un evidente y majadero pronóstico del tiempo. Al imaginar que me convierto en Marina, traslado el performance a un paradero de buses en el que permanezco sentada todo el día sin que nadie quiera sostenerme la mirada. Todo el mundo tiene afán. A nadie le interesa mirar. Ni siquiera un minuto. Mirar fijamente no es de gente normal, más bien de perturbados. Es de noche y llevo un largo vestido rojo, el pelo recogido en una larguísima trenza echada hacia un lado. En la madrugada, luego de casi veinticuatro horas esperando por un par de ojos en los que extraviarme o encontrarme, aparece un joven que se sienta a mi lado. Nuestra contemplación es todo lo que había esperado. Poco importa ahora la indiferencia de las decenas de transeúntes que no se prestaron para la acción. Su mirada serena empieza a revelar un poderoso brillo infantil, la expresión de un niño-ratón de cinco años.  Trato de adivinar su vida, su alma en esa eternidad. Mi resistencia es solo comparable con el poder de su ternura, que podría dejarme ciega para siempre. El joven dice luego de unos cuatro minutos, que está a punto de darse por vencido. Le digo que pierda cuidado, que deje de mirar cuando quiera. Es entonces cuando cierra los ojos, agotado, y voltea a ver hacia la avenida. Dice que sabe de alguien que estaría dispuesto a cambiar casi todo lo que tiene por un instante de verdadera conexión con una persona, y que está de acuerdo. Emerjo de nuestra contemplación y bajo la mirada para advertir el borde sucio de mi largo vestido carmesí y la punta sucia de mis zapatos. Las luces del alumbrado se apagan, señal inequívoca de que la función ha terminado.

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