Café descafeinado

Balzac dijo que cuando bebemos café las ideas marchan como un ejército, eso es parcialmente cierto, puesto que no conoció el descafeinado. Hasta hace dos años mis ideas se enfilaban y cumplían a pie juntillas su objetivo diario con una prolijidad que habría asombrado al mismísimo Honoré. Eso ocurrió cuando estaba convencida de que el combustible de mi vida eran las cuatro o cinco tazas que bebía sin tregua, y de que sin ellas, los pensamientos vagos jamás se habrían tomado la molestia de deslizarse hacia la página, y mucho menos, habría podido con la carga del meretricio literario. Cuando por recomendación médica tuve que dejarlo, -el café, no el meretricio literario- llegué a pensar que hasta ahí llegaría mi vida. Una mañana de enero me encontré sentada a mi escritorio con el cursor palpitante, la página en blanco y esa primera taza de descafeinado, al sentir mis labios sobre su borde, se rió de mí. Lo sé. Supuse que perdería la poca razón que me quedaba al no poder sublimar nunca más. Me pregunté: ¿y qué haré ahora sin mi único vicio? ¿Cómo es posible que haya tenido que prescindir del agente más activo de la pócima mágica que me mostraba el mapa del laberinto y me llenaba de agallas para adentrarme hasta en el más secreto de sus intersticios? En resumidas cuentas, le otorgué a la cafeína mi escaso poder creativo. Mis ideas ya no marcharían como un ejército, en adelante, tendría que aceptar su paso lánguido y esforzado, como el de un soldado mutilado; sin mencionar que cada dos o tres años podría llegar a sorprenderme, hasta las lágrimas, al redactar alguna frasecita aguda en un mail para uno de mis amigos literatos. El segundo día con el descafeinado no estuvo tan mal, ni el tercero. Pocas semanas después descubrí que podía conformarme con el olor, no era café de verdad pero al menos olía a café. Meses más tarde –ante la risa incontenible del dependiente de un establecimiento de café- me encontré a mí misma solicitando un café descafeinado, con leche deslactosada y sin azúcar. Mientras lo bebía, vi desde la ventana decenas de universitarios que pasaban fumando, sonriendo y bebiendo, y supe que mi vida era más parecida al pajazo mental que al goce verdadero. Al renunciar al daño, también renunciamos al deleite, qué diablos me importaba, si al fin de cuentas podía escribir, y no era la cafeína, era yo.

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2 respuestas a “Café descafeinado

  1. Yazmín Botero noviembre 30, 2012 / 1:35 pm

    Me encanta!! siempre es gusto leerte Sonia, gracias por regalarnos tus escritos, es como el buen café delicioso y con cafeína.

  2. P.D. noviembre 30, 2012 / 4:27 pm

    ¿Cuántas veces dejamos de disfrutar la vida por aferrarnos a ideas preconcebidas y falsas expectativas? Por algo el destino de un romántico es el suicidio, porque nunca la vida podrá superar sus ansias por vivir…

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