Comer frente a orientales

Todavía, cuando estoy a punto de cumplir treinta y cinco años, me sorprende que me persiga aquella aversión que comenzó en mi temprana infancia. Consiste en que, al sentarme a comer mientras veo personas con rasgos orientales, presento el siguiente cuadro sintomático: náuseas irreprimibles, necesidad de cerrar los ojos o urgencia por voltear para evitar su imagen y rechazo por lo que estoy ingiriendo al imaginar su procedencia como nauseabunda, aunque yo misma lo haya preparado. Alguna vez cuando mi única hermana (bogotana pero de rasgos claramente orientales) tuvo un romance con un joven colega suyo (también cachaco pero también de rasgos orientales), sentí verdadero pavor al suponer que terminarían enamorados, casados y convertidos en padres de tres criaturas con carita de maneki neko. Ese habría sido mi brutal castigo. Gracias a que aquello no ocurrió, por mi propia cuenta y haciendo uso de mi exagerada consciencia, desde entonces procuro mantener la compostura, comer naturalmente en los restaurantes chinos, y no rechistar cuando mi esposo decide ver Kung Fusion mientras comemos palomitas de maíz; no obstante la razón más significativa por la cual he trabajado en acabar mi fobia, es por si alguna vez coincidiera en una cena con Haruki Murakami, Ang Lee, Mo Yan o Takeshi Kitano.

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