Chocofantasy

Vivir en Chocofantasy donde los recibos de pago de los servicios públicos llegan en primorosas cajas de cartón estampadas con diminutos puntos de colores, y no son más que láminas de chocolate blanco marcadas con tu nombre, además de un valor simbólico a pagar en caligrafía espiralada. Donde los políticos son figuras huecas de tamaño real elaboradas con chocolate amargo y los árboles rebozan de gomas y caramelos, que al ser arrebatados por los ladrones pueden renacer de inmediato para que así nadie perciba la diferencia. En Chocofantasy los niños que lloran en los recitales se pueden callar con una orden telepática, y son en realidad, ovejitas de masmelo que luego se pueden disfrutar acompañadas por un buen vaso de leche fría. Establecerse en Chocofantasy, ese lugar en el que el mayor hastío radica en comer más de catorce almendras confitadas, y el único grupo de adictos es a los brownies. En Chocofantasy la hondísima pena que ocasiona la muerte pasa a ser de lo más llevadero gracias a las altas dosis de azúcar que ingieren los dolientes que generalmente heredan tres o cuatro chalets-mazapán, una casa-trufa mediana de lujo en mitad de la montaña, además de una considerable provisión de bombones rellenos de licor y cubiertos de frutos secos.

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